En los últimos años de la década del cincuenta la ciudad de Rosario se convirtió en el epicentro, dentro de la Pcia. de Santa Fe, de las distribuidoras de las distintas marcas de motos importadas que llegaban al país. Esta situación de auge comercial, sin duda, benefició al motociclismo deportivo por el apoyo que le dio a la actividad. Relacionando lo expresado se podrá entender por qué gran parte del control deportivo lo ejercía el Moto Club Rosario, fiscalizador de la mayoría de las carreras en la región.
Así dadas las cosas, el distribuidor de Alpino en Rosario, Braulio Mortera, decidió armar el equipo oficial de la marca, para lo cual trajo tres Alpinos “ Giro de Italia”, por supuesto, de Italia. Dejó que la gente del Moto Club Rosario designara a dos pilotos, reservándose la designación de uno que, según él mismo dijo, era inamovible, ése era yo. Los dirigentes no lo vieron con buenos ojos porque, según ellos pensaban, no había necesidad de traer un corredor de Rafaela, cuando en Rosario había varios con méritos suficientes para ser designados. Los pilotos también se quejaron porque, la verdad, todos queríamos ese lugar. En ese sentido los entendí, aunque hubo cosas que me molestaron. Por ejemplo, cuando llegaron las motos de Italia no me avisaron y con el tiempo me enteré que las probaron y me dejaron la que, supuestamente, tenía menor rendimiento. Y digo supuestamente, porque la realidad
demostró que no era así, ya que no recuerdo haber visto ni una vez a mis dos compañeros de equipo delante mío en una carrera y eso puede ser en parte mérito propio pero, si la moto no hubiera andado, esto no hubiera sido posible. Con el tiempo advertí que algunos pilotos rosarinos guardaron cierto resentimiento hacia mí, incluso después de pasado el tiempo. El relato que haré a continuación así lo demuestra.
Cuando el equipo Alpino ya formaba parte de la historia, ocurrió el episodio que voy a narrar, en una carrera disputada en San Carlos Sur, localidad santafesina que disponía de un trazado super veloz por su longitud, lo que traía como consecuencia que allí se produjeran excelentes espectáculos, en los que participaban muchos corredores rosarinos, cordobeses, rafaelinos, santafesinos y bonaerenses. El comisario deportivo para esta prueba era rosarino y lo aclaro porque desempeñó un papel principal en el hecho, para que todo cerrara el fiscalizador era el Moto Club Rosario.
Ese día participé con una” Tehuelche” de 100 c.c., otra de las motos que utilicé en mi campaña y que se destacaba por su velocidad final. La actividad comenzó con las series de cada categoría, para luego llegar a la final de la categoría 100 c.c., en la pude imponerme con total comodidad. Faltaba correr la final de 175 c.c., prueba en la que había decidido participar con la misma moto que en 100 c.c., la Tehuelche. Era conciente de que daba un hándicap de 75 c.c. por lo que, a primera vista, parecía imposible que pudiera hacerle carrera a las motos de mayor cilindrada. A favor había un elemento técnico muy importante: la Tehuelche era mucho más liviana que las motos de 175 c.c. , lo que permitía doblar mucho más rápido y como las curvas tenían un trayecto más largo que una pista normal, podía hacerle diferencia en esos dos sectores y compensar la mayor velocidad de las motos grandes.
Largamos la final y se entabló una pelea en la punta entre un piloto rosarino que conducía una Gilera 175 c.c. y al que conocía de la época del equipo Alpino,
Ángel Salanueva y yo. Nos alejamos del pelotón en una lucha muy cerrada, lo emparejaba en las curvas, hasta la mitad de la recta y ahí él me lograba pasar. Esto sucedió invariablemente durante las primeras quince vueltas, hasta que en la salida de una curva las motos se engancharon y fueron juntas casi toda la recta. Cuando se desprendieron nos fuimos afuera y por fortuna yo, con la realización de variados malabarismos, logré salvar la situación y mantener la punta de la carrera. Él también pudo reanudarla, pero perdió un vuelta. Para mí había sido un percance normal de la carrera, pero Salanueva no lo entendió así porque cuando le estaba por sacar la vuelta, empezó a zigzaguear para evitar que lo pasara, pero fundamentalmente para molestarme. Me llevó dos vueltas rebasar su marcha . Mientras la competencia continuaba, el rosarino paró en la línea de largada, donde estaba el comisario deportivo y me denunció alegando, según supe después, que yo le pateaba el cambio de su moto y le cambiaba las marchas.
A raíz de eso, llegó lo insólito, porque el comisario deportivo me colocó bandera negra para que me detuviera, orden que no respeté ya que no había cometido ninguna infracción.
Como consecuencia de la resolución del comisario deportivo se generó una batahola descomunal, con piñas
incluidas, entre los hinchas de cada uno.
Finalmente todo terminó con mi descalificación, lo que significó que me quitaron una carrera que gané dignamente. Pasado un tiempo el comisario rosarino fue remplazado porque la falta de objetividad en sus decisiones y el favoritismo hacia sus conciudadanos eran demasiado evidentes.
Por mi parte, en los primeros momentos me dio bronca, me costó digerir un hecho injusto, pero después lo único que sentí fue pena por un tipo lleno de resentimiento que no tenía claro que las carreras se ganan corriendo, además me halagaba porque si yo era capaz de hacer lo que él
decía en la denuncia era un corredor de la gran siete, definitivamente mágico, pero mago no fui nunca.
Como se darán cuenta, estas situaciones sucedían antes, pueden suceder ahora y seguirán sucediendo, porque gente desubicada existió, existe y existirá.