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HISTORIA Y MITOS

Una Carrera Inolvidable

Uno de los mejores momentos por los que atravesó el motociclismo de nuestra zona ocurrió entre las décadas del 60 y del 70, especialmente en lo que se refiere a las carreras disputadas en los óvalos de tierra. Tal era el entusiasmo que despertaban entre el público fierrero, que se lograron los récord de recaudación más altos en la historia de nuestro motociclismo.



En el Club 9 de Julio, de Rafaela, durante los meses de verano, se realizaban festivales nocturnos para los cuales se trazaba un óvalo en la parte exterior de la cancha de fútbol que contaba con una iluminacion excelente. Es el mismo lugar que se utiliza en la actualidad, pero con la pista unos metros más larga.

Fue justamente en una carrera nocturna realizada en ese óvalo cuando por primera vez disputamos con mi hermano Carlos una final electrizante, que se definió en la última vuelta. Habíamos corrido muchas veces juntos, pero nunca nos había sucedido tener que luchar un primer puesto.

La carrera a la cual voy a referirme fue en el verano del 66, el piso de la pista estaba bastante mal, dado que había llovido unos días antes y no se había podido trabajar lo necesario para dejarla en óptimas condiciones. Dada esta situación tenía claro que era una obligación largar en punta, porque iba a ser casi imposible pasar por afuera.

Carlos corría una moto preparada por él y su amigo Norberto Capella, quien lo ayudaba en todo lo que podía, junto con un grupo de amigos que se arrimaban al taller para charlar,cebar mate u organizar un asadito, tal como era habitual en esa época en los lugares donde se trabajaba en autos o motos de competición. Los dos eran muy jóvenes y derrochaban entusiasmo y amor por las carreras; a pesar de tener poca experiencia en la preparación de motores de dos tiempos, después de experimentar y renegar bastante, pudieron hacer un motor competitivo, esto les dio fuerza y los ilusionó con la posibilidad de ganar alguna carrera de la temporada de verano en el óvalo juliense.

En mi campaña en el motociclismo y en los inicios del automovilismo tuve como mecánico a Rogelio Vittori, un artesano excepcional, de esos que no dejaba ningún detalle librado al azar por más insignificante que fuera, gracias a ese trabajo llevado a cabo por él es que pude tener un promedio de arribos altísimo. Esto hacía que tuviera una confianza ciega en la moto que conducía, la que, además, es justo decirlo, era una de las más rápidas de la categoría. Es indudable que esta conjunción fue la que me permitió lograr tantos triunfos y es importante señalar que esta experiencia me enseñó que, para un piloto que recién se inicia, el factor fundamental, mucho más que la moto misma, es quién se la atiende.

Con Carlos corríamos en la misma categoría, pero no en equipo, cada cual se las arreglaba por su cuenta, así llegamos a la prueba que voy a narrarles. Nos tocó una noche con buen clima, esto influyó para que los motores rindieran a pleno, como normalmente ocurre en esa hora, cuando el aire es más frío. Después de recorrer el trazado y constatar el mal estado del piso, reafirmé la idea que les referí anteriomente, la única forma de ganar era saliendo en punta, pero por supuesto que no se lo dije a nadie. Esto de no comentar con nadie, ni con el más íntimo, la táctica que se va a utilizar en la competencia, es un cosa que se aprende cuando uno está carrereado, o sea, cuando ya tiene muchas carreras sobre las espaldas. Llegamos a la final, yo largaba en primera fila del lado de la cuerda, lo que ya constituía una ventaja, y Carlos al lado mío, en esa época se daba la señal de partida con una bandera, no existía el semáforo como en la actualidad. Para el piloto era una ventaja estar en primera fila, del lado de la cuerda, porque veía perfectamente un segundo antes el movimiento del largador. Cuando se dio la señal de partida, en los primeros veinte metros yo estaba en punta, pero Carlos, que había realizado una salida estupenda, se puso a la par y cuando embocamos la primera curva me apretó contra la cuerda y tomó la delantera, en ese momento supe que iba a ser casi imposible pasarlo, me pegué a su rueda trasera y empezamos a girar a un ritmo muy rápido, sacándole amplia ventaja a los que nos seguían, varias veces aproveché la velocidad de mi moto para ponerme a la par, para inducirlo a que cometiera algún error, pero esto no sucedía. Cuando faltaban unas tres vueltas vi que nos acercábamos a un rezagado y pensé que si lo alcanzábamos antes del final tenía que aprovechar esa situación; cuando nos marcaron que faltaba una vuelta, el rezagado estaba por entrar en la anteúltima curva, la sur, Carlos se tiró por afuera para dejármelo de tapón y a partir de ahí todo sucedió en un segundo, el rezagado creyó que íbamos por adentro y se corrió unos treinta centímetros para afuera, cuando vi el hueco me tiré por la cuerda y los pasé a los dos, solamente me faltaba una recta y una curva y de esa forma pude ganar.

Carlos lo tomó con filosofía, sabiendo que las carreras terminan cuando bajan la bandera, pero algunos de sus colaboradores no lo entendieron así y me recriminaron haberle ganado a mi hermano. Yo los entendía porque se les había escapado una carrera casi ganada, pero les aclaré que yo pensaba que Carlos tenía que ganar sin que yo tuviera que aflojar, así creía que debía ser. Personalmente no estaba tan contento porque sabía del sacrificio que realizaban para poner esa moto en carrera, pero también sabía que esta experiencia le serviría para entender que de nada vale un triunfo si lo logramos porque alguien, por la razón que sea, nos lo regala. Ganar produce una enorme satisfacción, pero cuando íntimamente sabemos que no lo logramos por mérito personal sino por la buena voluntad de otro, pierde su sentido esencial.

Fuente: Jorge "Nene" Ternengo.


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